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Releído "El Túnel" sucumbo ante la evidencia de que ciertos textos no pueden ser releídos, puesto que en cada nueva instancia el lector construye con ellos una nueva configuración que aporta sentidos inéditos. Leí esta novela por primera vez en mi adolescencia universitaria. La sentí extraordinaria, aunque carecía aún de toda formación literaria, a excepción de mis cotidianas lecturas al azar dictadas por el puro gusto y por cierta inclinación a los títulos bizarros. En esa época congenié con el espíritu rebelde y desencantado de Castel, con lo que a mí me parecía una postura estética que renegaba de la (Leer más)
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¿Era un acto suicida eso de sentarse así sobre los rieles? Recuerdo haber vivido en una vieja casa Al borde mismo de la línea férrea, en las noches los trenes bufaban con cierta intermitencia y traqueteaban con un estruendo nocturno y rencoroso, desde mi cama, oculta al borde de la sábana, hubiera jurado que las estrellas mismas eran arrojadas de su sitio por ese ronco estrépito. Pero durante el día, sólo los cruces me parecían fatales, lo demás, el olor a durmientes quemados por los soles de enero, la garita amarilla, las serpientes luminosas y paralelas de los largos aceros (Leer más)
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Conocí a Jorge Teillier, el poeta, en mi época de estudiante universitaria. Entonces, podía recitar de memoria los poemas de "Para ángeles y gorriones". A pesar de formar parte de la vanguardia intelectual de mi escuela, era yo bastante tímida, así es que fui prácticamente empujada hasta una sala donde iba a realizarse un acto en su honor. Mis compañeros me habían oído mencionar que fuimos vecinos en Lautaro y que mis padres habían compartido con él en sus años mozos. Fui presentada casi en andas, y alguien preguntó si se acordaba de mi padre. Me miró un tanto sorprendido, (Leer más)
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(1) Volveremos en el primer tren, un día u otro, en el andén un rostro que siempre fue parte de nuestro anhelo, extenderá la mano en señal de saludo. Y reiremos como los niños que nunca dejamos de ser y sabremos que el viaje habrá al fin terminado. (2) Ciertamente en el vagón fantasma, seremos un reflejo confuso en el vidrio roto por donde el viento pasa y en la estación desierta una luz amarilla tiritará su frío en el viejo fanal y sólo tú oirás esos pasos remotos... y recordarás al querido Antoine cuando decía: "Tus pasos me llamarán como una música".
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Ese río de lecho pedregoso, no tan profundo como para guardar su canto, a flor de labios, murmullo de cristales que se entrelazan sin llegar a romperse. Un río para soñar fortunas, en el vaivén de cuna de un viejo bote haciendo agua, al atardecer, cuando se regresa del otro lado, con inocente calma, como si del otro lado fuera posible regresar.
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La capilla evangélica, al frente de tu casa, siempre me olió a bendiciones, con su vitral redondo como un ojo en medio de la pequeña torre. Todas sus ínfulas se me hacían sagradas. No pocas veces, escuché coros, que de algún modo, me sonaban angélicos. Cuando pasaba por allí, siempre quería detenerme y hablar con Dios, así directamente, tú comprendes, rendirme a Él y decirle que lo amaba y que creía, en fin, que yo no era más que su creatura; pero, entonces, un señor gordo con una mirada turbia que sólo los niños... es decir, una mirada aviesa, se (Leer más)
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El hombre, parafraseando a Aristóteles, es un animal de sentido. Necesita de él para dar alguna dirección a su vida o, incluso, para negársela. Tomará la materia prima de su abigarrada experiencia vital: la percepción súbita, el hallazgo sorpresivo, los largos procesos que decantan de pronto. El sentido se establece a nivel de discurso: yo soy, yo tengo, puedo, estoy, temo, acepto, espero... Somos nosotros y el comentario de nosotros sobre nosotros mismos.
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Mi abuela solía advertirnos de la perversidad de los gitanos, su convicción era absoluta. Provenía de un pueblo alemán fronterizo a Rusia y había nacido escuchando la leyenda negra de estos pueblos nómadas e impredecibles. Oscuras acechanzas nocturnas, robos sanguinarios, la maldita habilidad de percibir el destino de cualquier cristiano y el secuestro y robo de los niños. Cuando alguna tribu se apostaba en el pueblo, ella redoblaba el afán de sus diatribas y nos rogaba encarecidamente, no hablar con ninguno, no dejarse engatusar por sus promesas, no mirarles ni siquiera desde lejos. No conocí a ningún gitano hasta los (Leer más)
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El pasillo se extendía interminablemente, no era ni más ni menos largo que cualquier otro. Sumando imágenes y promediando luego, era sólo un pasillo de hospital. Las piernas le fallaban, una angustia sorda se le había enroscado a la altura de las rodillas; más arriba el corazón repiqueteaba a un ritmo anhelante y, luego, la cabeza desprovista de ideas, acorralada por imágenes que se sucedían con vertiginosa rapidez. Ella, una tarde de primavera, el vestido nuevo comprado con su primer sueldo de maestra y aquellos ojos dulces recogiendo la escena. El cumplido, también, y la luz ¡tanta luz! A la (Leer más)
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El hombre está obligado a construir su sentido para vivir como un hombre. Hubo épocas en que esta tarea no requería un esfuerzo individual, porque el sentido de la vida había sido edificado comunitariamente, era compartido, aceptado y defendido con denuedo por una consistente mayoría. Así ocurrió, por ejemplo, durante la Edad Media, el hombre conocía su origen, su destino, su lugar en el mundo y estaba al tanto de su dignidad de hijo de Dios. La dureza de la vida cotidiana, el sometimiento, el hambre y la enfermedad, eran interpretadas como oportunidades de purificación; pasos necesarios para acercarse a (Leer más)
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