Releído "El Túnel" sucumbo ante la evidencia de que ciertos textos no pueden ser releídos, puesto que en cada nueva instancia el lector construye con ellos una nueva configuración que aporta sentidos inéditos. Leí esta novela por primera vez en mi adolescencia universitaria. La sentí extraordinaria, aunque carecía aún de toda formación literaria, a excepción de mis cotidianas lecturas al azar dictadas por el puro gusto y por cierta inclinación a los títulos bizarros. En esa época congenié con el espíritu rebelde y desencantado de Castel, con lo que a mí me parecía una postura estética que renegaba de la vulgaridad de lo cotidiano, de la monstruosa hipocresía en la cual se obligan a vivir al hombre y la mujer para poder representar un papel aceptable frente a los otros, para cubrir el horror del fracaso, para ocultar la debilidad y la muerte. Él se me aparecía como envuelto en una severa pero digna claridad.
Luego, en mis primeros años de maestría, en las lecturas compartidas con mis alumnos, los que casi siempre se rendían fascinados ante el personaje del pintor asesino, fui descubriendo lentamente su insanía: el aislamiento enfermizo del mundo de los otros, la renuncia a las evidencias de lo real y su apego absurdo a las suposiciones, su incapacidad de amar, de ser amado y su total renuncia a perdonar.
Lo leo una vez más, hoy creo que Castel no está loco. A pesar de su fatal egocentrismo, algo lo relaciona aún con esa sinfónica multiplicidad de voces que es la humanidad; pero ha conectado exclusivamente con un registro de la realidad que llamaré "la textura del mal". Nada hay que pueda salvarse ante su mirada, ni una sonrisa, ni el llanto, ni un gesto le parece limpio. Una especie de brea oscura parece cubrir todo su campo de visión. Ha perdido la capacidad de creer en todo, menos en la falsedad, la vergüenza, la manipulación y la venganza. Castel es un hombre despierto, un intelectual de vuelo y un tipo sagaz, descubre o cree descubrir cualquier torcedura hasta en la entonación de las palabras. Vive en un mundo de enemigos a los que destrozaría sin lástima, ajeno a la comprensión de las fallas comunes a todos, los dolores arquetípicos, los sueños heridos, las espaldas rotas y la soledad humana. Habita y reproduce, en forma magistral, una zona de sentido cuya textura es la malevolencia, explanada en forma magistral por la pluma de Sábato.


El mal y el bien atraviesan por igual nuestro corazón.Acuérdese del mundo luminoso y el oscuro:Demian.