Mi abuela solía advertirnos de la perversidad de los gitanos, su convicción era absoluta. Provenía de un pueblo alemán fronterizo a Rusia y había nacido escuchando la leyenda negra de estos pueblos nómadas e impredecibles. Oscuras acechanzas nocturnas, robos sanguinarios, la maldita habilidad de percibir el destino de cualquier cristiano y el secuestro y robo de los niños. Cuando alguna tribu se apostaba en el pueblo, ella redoblaba el afán de sus diatribas y nos rogaba encarecidamente, no hablar con ninguno, no dejarse engatusar por sus promesas, no mirarles ni siquiera desde lejos.
No conocí a ningún gitano hasta los trece años. Había crecido abruptamente, no me encontraba muy a gusto con mi nueva silueta desgarbada y torpe. Pasaba las tardes, después de la escuela en relativo ocio, deambulando en libertad por los dominios del patio y del jardín en estado casi salvaje. Me había resistido con una tenaz pertinacia a los intentos de mis padres por encaminar mi naturaleza dentro de los límites que dictaba mi condición de futura señorita: las clases de ballet, las de piano, la buenas maneras… la preparación para el silencio, ese silencio en el que algún día debería recluirme para no ser un enojoso impedimento en la vida del marido y de los otros. Por ese entonces, ya había conseguido, sin gran esfuerzo, es decir, a punta de torpezas, deshacerme de cada uno de mis maestros y de sus molestas imposiciones.
Lo vi cuando trataba de abrir el portón de la reja. No se podía abrir desde fuera, mi padre debía enviar a alguien para arreglarlo. Me divertía pensar que el intruso tendría irse sin interrumpir mi acostumbrado solaz; sin embargo, en unos cuantos segundos había destrabado la chapa y entraba con pasos ágiles en mis dominios. Me escondí detrás del manzano, mientras él llamaba a la puerta. Alto y delgado, vestía una raída chaqueta de tweed amarillo. De su brazo izquierdo colgaba una canasta de mimbre. Algún limosnero –pensé- no sin recelo. Nadie acudió al llamado. Pasaron unos cuantos minutos, el intruso permanecía sereno. Algo en su pacífica espera me fue intranquilizando, los minutos se me hacían eternos, no me atrevía a salir de mi refugio, sin embargo, una curiosidad angustiosa iba ganando terreno y, finalmente, me asomé y di unos cuantos pasos hacia él.
-¿Qué necesita? –Pregunté en tono prepotente. –Traje unas yerbas que me encargó su mamá ayer. Me respondió. Sus ojos azules miraban sin malicia. Rebuscó en su canasta entre ataditos de distintas hojas y eligió uno de ramas largas y resecas. Limpiaplata, sirve para purificar la sangre. Debería tomarla también, tiene esos granitos en la cara. -¿Sirve? –pregunté. -Sí, sirve, -dijo y le creí. Me entregó el paquete y se dirigió a la salida. –Dígale a su madre que regreso después.
-Mamá te trajeron estas yerbas. Mi madre las cogió sin mirarlas. –Dijo que limpiaban la sangre. Proseguí. -¿Quién? ¿El gitano? –No converses con ese hombre. Fue su respuesta. -Si vuelves a cruzar una palabra con él te daré unas buenas cachetadas, eres una imprudente. Sus palabras tuvieron un extraño efecto sobre mí. Había entablado diálogo con uno de los temidos diablos de mi infancia, el intercambio no había tenido consecuencias y el miedo... ¿dónde estaba el miedo que debería sentir?Al día siguiente, más o menos a la misma hora regresó. Pude corroborar su aspecto, el que coincidía perfectamente con la primera imagen. Me acerqué con el libro que acababa de leer entre las manos. –La señorita lee. Dijo a guisa de saludo. En respuesta, le pasé el volumen de Kraus sobre la vida de Sócrates. –Sonrió. Me intimidaron sus dientes descuidados. -Como los de un animal de presa. Pensé. –Tengo algo para usted. Mañana cuando venga a dejar las hierbas que me encargó su vecina, se lo traeré. Tal vez no le creí, no lo recuerdo. No creo haberme hecho ninguna expectativa. Pero al día siguiente regresó. Por un segundo, las amenazas de mi madre y las monsergas de mi abuela estuvieron a punto de disuadirme, pero salí. El gitano se había peinado cuidadosamente los cabellos que las veces anteriores me habían parecido unas descoloridas greñas. Buscó, un tanto nervioso, en los fondillos de su canasta, y sacó un libro viejo y resquebrajado. Repasó las tapas gastadas con unción y, con reverencia, pronunció un nombre: Gitanjalí. Es Gitanjalí de Tagore. -Estoy viejo y mis ojos se han cansado. Espero que le guste. Tomé el libro arrasada por una emoción distinta a todas las que hasta entonces había conocido. Gratitud, gracia de elocuente dulzura, de hermandad simple y real como un guijarro. Fue la primera vez y fue el bautismo de mi fe en el hombre y en mis semejantes. Conmovida le di las gracias y, entonces, simplemente se dio vuelta y se fue.
Leí el libro como si hubiera sido un legado exclusivo. Su belleza iluminó muchos días oscuros y, sé que aún podría hacerlo si necesitara aferrarme a ella.
Años después, como al pasar, escuché que el gitano había muerto, alguien elogió brevemente su habilidad para sanar con hierbas, alguien recordó que era un hombre extraño, que tal vez lo había hundido su afición al alcohol. Alguien dijo que no tenía a nadie en el mundo y, ante esto último, iba yo a decir que eso no era del todo cierto, que habría, seguramente, más de alguien que lo recordaría para siempre, pero no quise discrepar.


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